Primero te aferrás a ellas creyendo que si las soltás o no las rememorás cada tanto, caerán en el olvido y eso te quitará historia. Las repetís una y mil veces en tu cabeza. Repasando cada detalle, cada palabra, cada eslabón que la conforma. Luego de mucho recorrer y no sin hastío (sino precisamente por él), percibís un leve alivio al “dejar ir”, casi disimuladamente, casi involuntariamente, un recuerdo. Mejor dicho, el recuerdo es justamente lo que queda, lo que dejamos ir es toda la cadena y concatenación de hechos que se han vuelto insoportables de tanto repasarlos. La primera vez que esto suceda parecerá un hecho fortuito, algo anecdótico y seguramente recaerá en “cadenas” poco significativas. Me arriesgaría a decir que al tiempo te encontrarás encadenado en otra. Es allí cuando esta idea comienza a tomar valor. Como en un juego de obstáculos, a medida que avanzamos, nos encontramos con mayores dificultades. Ahora las “cadenas” son más gruesas y están hechas de fibras más intrínsecas a nosotros. Pese a esto, nos atan. Entonces recordando aquella primera vez, pensamos que es una cuestión de formas y no de contenidos. Intentamos aplicar el ejercicio de “desamarrarnos”. No sin dificultad, no sin temor. Temor a dejar ir recuerdos importantes. Temor a despojarse de lo innecesario. Olvidando quizás, que todo ha pasado también por el cuerpo y dejó su impronta. Temor a lo que vendrá. Porque es exactamente allí, frente a la posibilidad de soltar historias, que se abren paso nuevas ideas y emociones.
Creo que las vacaciones tienen ese plus. Ofrecer un nuevo escenario. Cortar con la inercia rutinaria y conocernos fuera de la obligación y lo establecido. Nos brindan la posibilidad, cada tanto, de ver qué cosas queremos traer de nuevo en la valija y cuáles no nos interesan más.
Con amor, Ana
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario