Uno escribe para poder darle eternidad al pensamiento y sentir que de algún modo se puede volver a él independientemente del momento que se esté viviendo.
El papel es como un interlocutor que aunque muchos lo consideren mudo, habla. Habla desde un silencio que parece impenetrable. Nos pregunta y nosotros nos empeñamos en responder. ¿Por qué? Porque estamos acostumbrados a dar respuestas. Que mala costumbre. Infatigable costumbre.
Uno escribe por el placer que otorga la creación misma. Cuando aparece una idea y la vas dejando salir y vas acompañando el proceso para que no se desboque pero que pueda desarrollarse hasta las últimas consecuencias. Convertirse en contenedor y dique de uno mismo, está bueno.
Uno escribe por la búsqueda misma de las palabras adecuadas para estampar la idea que nos brota en la mente. De este punto se desprende, el placer que otorga el hecho de pensar, de dar vueltas alrededor de una idea o situación hasta descubrir “la mirada” que nos conforme.
Uno escribe porque en la hoja se encuentra un importante lugar de apoyo. Es como parar a descansar después de una larga caminata. Como encontrar la olla de las monedas de oro al final del arco iris. Es como continuar en el río después de caer por una catarata, en fin… por todo ésto escribo yo.
Ahora bien, lo que subyace a todos estos momentos placenteros es la satisfacción que se desprende de la misma acción de buscar, de recorrer, de investigar. El placer mismo está en esa búsqueda, en ese recorrido que uno realiza hasta llegar al destino imaginado, cumplir un objetivo, encontrar la idea acabada, hasta el éxtasis mismo en el placer sexual; porque una vez que todo eso se alcanza, relanzamos el juego y comenzamos de nuevo, pero desde otro lugar.
Con amor, Ana
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